Hoy aprovecharé la oportunidad para contarles acerca de “Claudia”, una hermosa niña, cuyos ojitos color miel me cautivaron, y a pesar que nunca fuimos enamorados, vivimos una experiencia muy divertida.Vamos a recordar el año 1995, para esa época sonaba muy fuerte la salsa y el technno, a pesar que no sabía bailar muy bien esos ritmos más adelante se convirtieron en mis favoritos. Y no faltaba actuaciones en el colegio nacional donde no se pusiera esa música, todos los niños salían al patio central y haciendo movimientos exagerados trataban de lograr el paso correcto, y como siempre, Yo sólo miraba. Quizás eso me ayudó a analizar mejor esos ritmos y así intentar bailar.
Cursaba el último grado de primaria, ya era un palomilla con las niñas, junto a otros compañeros las perseguíamos para quitarles su cinta, o alguna pelota, nuestra intensión era hacer que alguna de esas niñas se interese en nosotros y así lograr tener pareja para la fiesta de promoción. Yo buscaba y buscaba, pero nadie caía, quizás mi atractivo aún no salía a la luz, o mi “floro” no era el adecuado. Nuestras víctimas eran las niñas del 6to A, ahí había una niña muy linda que me gustaba mucho, no sabía su nombre, y nunca lo supe, sólo recuerdo que le decían “Luján”. Siempre la molestaba pero nunca me hiso caso, y creo saber porque. A ella le gustaba mi hermano.
Pasaban los días y no conseguía nada. Un día salí a recoger la leche que siempre repartían en el colegio, no imaginé lo que sucedería. Llegué al colegio, había muchos niños formando en una larga cola y no me quedó otra que seguir el ejemplo. Quizás yo era el número 12 de la cola, no recuerdo bien, aguardaba mi turno mientras una vieja muy blanca y grotesca - quien repartía la leche - daba preferencia a sus familiares. No me percaté que a mi espalda estaba una niña muy alta, demasiado alta para estar en tercero de primaria y sigilosamente me miraba de pies a cabeza, no me percaté quien era y ni caso le hice. Llega mi turno y de pronto siento un empujón, volteo y la veo, ambos nos miramos y sin pensarlo le dije que tomara mi lugar, ella sonrió y me dio las gracias, luego entré en sí y me reprochaba por la actitud que había tomado, pero no me explicaba qué me había pasado. Esos pocos segundos bastaron para que ambos iniciáramos una aventura de amistad e ilusión.
No me gustaba la leche que repartían en el colegio, era más agua que leche, pero le saqué provecho. Cada vez que me iba a recoger ese lácteo lo intercambiaba con un amigo, quien sí aprovechaba la leche. Él me daba helados y yo le entregaba mi leche, al llegar a casa le decía a mi madre que la leche no alcanzó para mí y tuvieron que darme otro ticket para la próxima semana.
Ese día, me retiré con mi amigo para intercambiar los productos, en mi mente ya no estaba esa niña que me había empujado, ya ni me acordaba de ella.
El lunes como cada mañana llevaba a mi hermano menor al colegio, al dejarlo en la puerta veo a un grupo de niñas mirándome de manera muy extraña, me miran y se ríen, pensé que habían confundido con alguien, no les hice caso y emprendí camino de regreso a casa. Al avanzar unos metros escucho mi nombre, volteo y eran las mismas niñas, pero me di cuenta que entre ellas estaba aquella niña que conocí ese día cuando recogí la leche.
“Te manda saludos Claudia… jajaja” “tu chica te quiere decir algo ven…jajaja” “No te hagas el loco…jajaja”; entre la confusión de esas palabras ella agachaba la cabeza. Me preguntaba ¿Quién es Claudia?, no entiendo nada. Decidí seguir mi camino.
Por la tarde al llegar al colegio esas mismas niñas estaban en la puerta, pero ya no estaba ella, esta vez ninguna me decía nada, quizás porque las miré de una manera muy fea y me tuvieron miedo, pasaron las horas y tocó la hora del recreo, como siempre salíamos a perseguir niñas, a veces ellas se enojaban y por descuido nuestro nos echaban tierra a la cabeza o nos mojaban. Ese día, tres niñas del grupo que me habían esperado en la puerta estaban cerca al estrado, pasé sin darme cuenta y una de ellas me habla.
¿Es cierto que te gusta Claudia? ¿Es tu chica?
Llegó el momento de la verdad, tenía muchas ganas de saber quién era, y le pedí amablemente a la niña que me enseñara quien era la persona a quien se refería. La niña se reía y me llevó hasta el otro patio del colegio, pasamos por el salón donde estudiaba, ahí estaba mi hermano sentadito como siempre (creo olvidé decirles que mi hermano mayor estudió conmigo toda la primaria y secundaria), mis amigos me vieron y se rieron, pasamos por el salón de la niña Luján, ella pensó que iba a molestarla seguro y de inmediato me volteó la mirada, grande fue su sorpresa cuando me vio pasar sin mencionar ni una sola palabra. A tan solo unos metros del salón de Luján, estaba un grupito de niñas, y junto a ellas, Claudia. Llegamos y me percaté también había una niña poca agraciada, delgada sin gracia, y se me vino a la mente que quizás sea ella, rogué por unos instantes que no fuera la indicada.
“Espera, ya la llamo”, me dijo la niña con una mirada muy burlona.
Entonces fue cuando ella vino, nos miramos, ambos muy nerviosos y con mucha vergüenza, traté de hablarle pero me quedé mudo, por unos minutos nos quedamos todos en silencio.
“Ya te recuerdo, tú me empujaste ese día cuando recogía mi leche”, referí tímidamente.
“Si claro, ¿te molesta que te haya hecho eso?”, dijo ella con una carita muy seria.
“No como crees”. Traté de hacer alguna broma como para ganarme su confianza, le pregunté si estudiaba en la tarde y en qué grado estaba, grande fue mi sorpresa cuando me dijo que aún estaba en tercero de primaria, y es que había algo que me hacía dudar de su respuesta, era su estatura. Claudia era una niña muy alta, yo a su lado era un enano, quizás ella se desarrolló más rápido, no lo sé, pero ese día fue muy especial para ambos, aún de pie conversamos un poco, mientras Luján y sus amigas me miraban con una cara de pocos amigos. Quizás a Luján no le llamó la atención, pero había una niña llamada Gisela que sí estaba muy enojada, no sabía que ella sentía cierta simpatía por mí.
Sonó la campana y el recreo se acabó, me despedí de Claudia, ella prometió estar al día siguiente para jugar y presentarme a sus amigas, pero no fue así. La esperé y no llegó, apenado regresé a mi salón, mi hermano al verme pensó que algún niño me había pegado, pero le expliqué que me dolía la cabeza, y prometí tomar una pastilla al llegar a casa.
Pasaron los días y no la volví a ver.
Recuerdo que a veces teníamos trabajos grupales y junto a mi hermano íbamos a las casas de los amigos para reunirnos. Una vez fuimos hasta la Plaza de Armas, y sin pensar en ella, la veo atravesar la calle, grité fuerte su nombre, ella volteó y me sonrió.
“Discúlpame, no fui al colegio porque me dio la gripe, pero ya estoy bien…y ¿Qué haces por aquí?”, me preguntó.
“Este…vine hacer un trabajo con mi hermano, ven te lo presento”, le dije.
“No me da roche, mejor dime hasta que hora te quedarás por aquí, porque ahora tengo que ir a comprar con mi mama y regreso…”
“Me imagino que será una hora, ¿tú, demorarás?”
“No, espera, le diré a mi mamá que no iré, y que se lleve a mi hermano mejor”
“Ya bacán, te espero entonces…”
Entramos a la casa de mi amigo, no podía concentrarme, miraba por la ventana para ver si aparecía, pero nada, pasaron dos horas y ella no aparecía, quizás su madre la llevó a la fuerza, regresamos con mi hermano a casa, muy triste, pero con la esperanza de volver a encontrarla, pero en el colegio. Y así fue, al día siguiente ella estaba ahí, con su uniforme que le quedaba muy chico, nos vimos y empezamos a jugar, corríamos por todo el colegio, mientras mi hermano me veía y se reía. Pasamos varias veces por el salón de Luján, ella ni me miraba, pensé que nunca le llegué a interesar, hasta que ocurrió algo sorprendente.
Estábamos escuchando clase, eran las 5 y 30 de la tarde, de pronto tocaron la puerta, era la profesora del salón contiguo, mi profesora se acercó y saludó afectuosamente a su colega, era la profesora Violeta, ella enseñaba en el salón de Luján y Gisela, pero ¿Qué quería? Todos nos quedamos callados, de pronto, la profesora Violenta dice:
“¿Quiénes son los caballeritos Fernando y Raúl?, que alcen la mano”
Tímidamente levantamos la mano, sin saber qué pasaba, vimos una sonrisa cómplice de nuestra profesora y despidió a su colega. No sabía qué había pasado, llegó la hora de salida, junto a mi hermano tratamos que resolver el misterio, no nos atrevimos a consultarle a la profesora, por vergüenza quizás. Al salir llegamos al patio, vimos a Claudia y a un grupo de cinco niñas más, ella viene corriendo y me dijo:
“¿Qué te hicieron…llamarán a tus padres?”
¿Por qué, qué ha pasado, tú sabes algo…? Le pregunté, y Claudia muy seria me dijo: “Esas mongolas del sexto nos buscaron pelea y nosotras nos peleamos…y llamaron a su profesora, y una de ellas mencionó tú nombre y el de tu hermano…”
Ya empezaba a comprender, al parecer ellas se habían peleado por nosotros, no es que me sienta bien al decirlo pero, qué bien se siente cuando las mujeres se pelean por ti. Traté de explicarle a mi hermano, no quería que se moleste, pero se molestó, me advirtió que no me reúna con Claudia, sino mis padres se enterarían. Y ¿qué creen? No le hice caso.
Pasaron los días y la pelea entre las chicas creaba más rivalidad entre ellas, a mi no me interesaba, sólo quería jugar con Claudia y pasarla bien. Un día, una de sus amigas se me acerca y me entrega una carta, supuestamente escrita por Claudia, en ella trataba de explicarme que se había enamorado de mi, y que esperaba una respuesta de inmediato y además ya se había enterado de la existencia de Luján, y no le gustaba para nada. Esa fue la primera carta que una niña me escribió, fue emocionante y divertido.
Llegué a casa para contarle a mis padres de tal hazaña lograda por el único hijo con visión a ser mujeriego, orgulloso leí la carta enfrente de papá y mamá, ellos son atinaron a reírse, y hacer bromas, quizás pensaron que yo mismo lo escribí para alardear.
Aquella carta me ayudó mucho a encontrar mi lado literario de la vida, nunca había escrito una carta y ya empezaba a aflorar esa cualidad, cogí un papel en blanco y le plasmé algunas palabritas bonitas. No le declaré amor, porque no sentía nada, solo le decía que me agradaba mucho estar con ella y que era la chica más linda que he conocido. Pero para agradarle más, le compre una medallita, en ella traía grabado su nombre, por aquella época eso me costó cinco nuevos soles, que por gracia de mi padre pude comprarlo. Por la tarde, me acerqué y le agradecí por tan lindo detalle, y sin darle tiempo a que me dijera algo, cogí su mano y le entregué mi regalo, indicándole que sólo debería abrirlo en su casa, ella lo recibió y se fue corriendo hasta su salón. Por un momento mi corazón latía muy acelerado, no me explicaba las emociones que empezaba a sentir, pero me hacía sentir bien.
Nunca nos declaramos amor, quizás como éramos niños no teníamos idea de lo que era eso, pasaban los meses y nuestra amistad crecía, las tardes de sábado eran nuestras, reíamos hasta más no poder, burlándonos de la niña Luján y sus amigas, jugando a las chapaditas” o a veces a las “escondidas”; Claudia se había convertido en la primera amiga en la historia de mi vida. Pero no todo pudo ser felicidad entre ambos, quizás Luján sintió celos o lo hiso para verme enojado con ella, pero una vez recuerdo que cuando estaba con Claudia conversando, se acercó Luján…
“Nando, gracias por la pulsera, mire se me ve linda verdad…”, con una mirada burlona y agresiva ella nos miraba.
Sorprendido le dije: “Qué pulsera, no te pases…”
La felicidad del momento ya se estaba borrando, Claudia, agachó la mirada y salió corriendo, corrí tras de ella, traté de negar aquella mentira cruel, pero la duda estaba sembrada. Desde ese momento las cosas entre ella y yo ya no eran las mismas, traté de conversar con sus amigas, pero era inútil.
Quizás ustedes se preguntarán, pero ¿por qué su cambio radical?
Simplemente, ella sabía que a mí me gustaba Luján, y en varias ocasiones nuestro punto de conversación era ella, notaba que se incomodaba cada vez que la mencionaba, y no lo hacía con mala intención, solo quería que me escuchase.
Faltaba poco para acabar el colegio, la busqué para pedirle que fuera mi pareja de promoción, pero la encontré con un chiquillo más alto y mayor, no me acerqué pero ella me vio y le sonreía descaradamente, sentí en ese momento mucha rabia, impotencia, porque tenía ganas de pegarle a los dos. Regresé a mi salón.
Llegó el día de la fiesta, mi profesora había escogido una pareja para mí, no la recuerdo bien, quizás ella menos porque nunca llegué a bailar con ella, en el momento del baile fui hasta el baño a esconderme, no sabía qué me pasaba, tenía bronca, vergüenza, fastidio y sobre todo soledad. Esa soledad me acompañó durante mis vacaciones, no tuve tiempo de despedirme de Claudia, nunca pude darle un beso, pero me quedé con la tranquilidad de haberle dado muchos abrazos y decirle cuanto la quería, como una amiga.
Los años pasaron, ya en secundaria y con algo de razón en mi cabecita, me fui a buscarla hasta su casa, para mi suerte ella estaba ahí, traía puesta una chompa de color crema, tenía el pelo largo y los labios pintados, estaba muy hermosa, al verla me quede fascinado. Ella me vio sorprendida, yo ya estaba un poco cambiado, mi voz era diferente, mi cuerpo se había alargado, y ya estábamos del mismo tamaño. Ambos nos miramos y empezamos a reírnos, como aquellas veces cuando éramos niños.
Charlamos toda la tarde en su casa, no tocamos el tema de Luján, no quería malograr el momento, de pronto ella me confesó algo.
“Sabes, soy madre soltera…discúlpame si te decepcioné”, con lagrimas en los ojos trató de justificarse.
Esa noticia fue como una bomba para mí, no sabía qué decirle, me sentí engañado, a pesar que nunca fuimos algo más que amigos. Me levanté y sólo la abrasé…
“No te preocupes, ya pasó…” fueron mis únicas frases.
Al despedirme ella me rogó que volviera a visitarla, yo le prometí regresar el fin de semana, nunca más regresé. La inmadurez adolescente cegó mi poca razón que tenía.
me gusta tu historia, pero, kero k en el momento, uno no sabe valorar lo k tiene a su lado.....me entro un poko de nostalgia